RECOPILACIÓN PERIODÍSTICA (del autor)

 

El país 17 MAY 2017

Cabezas de queso en Green Bay

Los seguidores del famoso equipo de fútbol americano de esta ciudad de Wisconsin hacen gala de su tradición quesera

A simple vista, Green Bay no es más que una pequeña ciudad del estado de Wisconsin, soñolienta y remota, anclada a orillas del lago Míchigan y crecida al amparo de sus grandes praderas verdes. Conserva algo del animoso espíritu de su fundación, un cierto aire ensimismado y bucólico, aunque seguro muchísimo menos belicoso y exuberante que cuando el explorador francés Jean Nicolet estableció aquí un puesto comercial en el siglo XVII.

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El país. DOMINGO 29 DE ENERO DE 2017

QUERIDO RICHARD

Nunca te diste por vencido en esa Lima que es especialmente cabrona y clasista para los que vienen luchando desde abajo, como ha sido tu caso.

ESTA CARTA te la debía desde los lejanos tiempos en que me instalé en Tenerife y estas eran de papel, o tal vez es mi nostalgia la que me invita a pensarlo; después de todo partí de Lima antes de que existiera el correo electrónico, el móvil y Skype, asunto que me hace sentir más bien contemporáneo de Isaac Peral. En cualquier caso, me fui antes de que ni siquiera vislumbrásemos que nuestra comunicación resultaría tan fácil que habríamos de terminar por prescindir de ella. Nos hemos convertido, parafraseando a Borges, en una de esas amistades inglesas que empiezan por excluir la confidencia y terminan por omitir el diálogo. Solo por escrito, porque cada vez que regreso a Lima estás disponible –whisky mediante– para cotejar nuestras frustraciones, inventariar buenos momentos, contarnos cómo nos va, pero principalmente para reírnos de lo mucho que nos ha pasado en este tiempo, toda el agua que ha corrido por los cauces del Rímac y el Manzanares, más de un cuarto de siglo y ahí vamos. A ti no te ha salido ni una cana y yo cada día me parezco más a mi tía Josefina. Tú sigues jugando al tenis, pero tienes más barriga que yo, que solo llevo una dieta rica en estrés.

Y ESTAS BREVES LÍNEAS SON SIMPLEMENTE PARA DECIRTE QUÉ EQUIVOCADO ESTABA CONTIGO

Tú siempre llamas o escribes por mi cumpleaños y yo siempre ando averiguando cuándo es el tuyo. A ti te ha envejecido una novela en el cajón y a mí me han salido varias, no todas buenas, pero siempre las celebras con afecto aunque me temo que no confío en tu juicio, demasiado parcial, asunto que por otro lado me alegra porque ese tipo de parcialidades son las que comete un amigo, ese que a veces te dice cosas horribles a la cara pero siempre habla bien de ti a tus espaldas. Y estas breves líneas son simplemente para decirte qué equivocado estaba contigo. Te explico: a mí siempre me pareció que claudicabas, que te habías dejado vencer –cuando todo era juventud y furor y literatura–, porque hace 25 años yo partí hacia esta España que ya es mi país, con la simple y loca idea de dedicarme a la literatura. Y tú, que pensabas hacer lo mismo, al final te quedaste. “Arrugado”, creo que te dije en el aeropuerto, con esa sinceridad brutal que solo reservo para ti –dudoso privilegio–, y con una falta de empatía lamentable. Tú, que siempre soportas mis cabreos, te reíste. Porque en realidad nunca te amilanaste, nunca te diste por vencido, en esa Lima que es especialmente cabrona y clasista para los que vienen luchando desde abajo, como ha sido tu caso. Yo tuve todo mucho más fácil, y cuando mis ilusiones y hasta mis fatigas eran de estreno, tú ya venías con una larga historia de perseverancia a cuestas. Y han debido de pasar estos largos años para que pueda darme cuenta del tremendo valor que ha tenido tu invencible esfuerzo. No todos tienen amigos así. (Por cierto, ¿cuándo es tu cumpleaños?).

 

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sobre Quiroga

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069FFIRMA-2

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PERÚ: ROBAR LO JUSTO

La victoria de Keiko llevaría de nuevo al poder al núcleo duro del fujimorismo, una cohorte de periodistas, empresario y políticos rufianescos. Sería una bomba de relojería. votar a Humala es lejítima defensa

Hace pocos días se publicó en diferentes medios una carta en la que un grupo de escritores e intelectuales peruanos, entre los que destacan Mario Vargas Llosa y Alfredo Bryce Echenique, nos pronunciábamos a favor del voto a Ollanta Humala, candidato a la presidencia de la república que se enfrentará a Keiko Fujimori en la segunda vuelta electoral de este 5 de junio próximo. Ahora bien, ninguno de los firmantes piensa que Humala sea una opción ideal ni despierta nuestro entusiasmo; antes bien, muchos nos planteamos serias dudas sobre la fiabilidad de su candidatura.

¿Y entonces, por qué pedir el voto por él? Porque, como le ocurre a muchos peruanos en estos momentos, consideramos que no tenemos ninguna otra alternativa, habida cuenta de que votar por Keiko Fujimori es otorgarle carta de legitimidad a un Gobierno no solo corrupto sino de decidida connotación autocrática como fue el de su padre, y que con toda probabilidad será, de ganar la hija de Fujimori, mera continuación de aquel.

e podría argüir aquí, como muchos ya lo han hecho durante toda la campaña electoral, que ella no tiene la culpa de los crímenes y felonías de su padre y que resultaría injusto condenarla por los excesos y atropellos que cometió el fujimontesinismo durante los oscuros años en que gobernó. Pero esa es una observación frágil y en el mejor de los casos de una benevolencia peligrosa, pues no podemos olvidar que Keiko Fujimori fue primera dama del país durante aquel Gobierno y una colaboradora activa de este, además de ser la principal propulsora de la idea de conceder el indulto a Alberto Fujimori, que actualmente cumple condena por crímenes contra los derechos humanos, al igual que Vladimiro Montesinos, el tenebroso asesor que intoxicó nuestra vida política con sus sobornos y asesinatos.

Pues bien, alrededor de esa dupla siniestra que gobernó el país haciendo ondear la bandera de la corrupción y cometiendo toda clase de crímenes con absoluta impunidad, se alineó, como un enjambre de moscas revoloteando entusiasmadas en una sentina, toda una cohorte de periodistas, empresarios y políticos rufianescos que hasta hoy sigue constituyendo el núcleo fuerte del fujimorismo que la hija del encarcelado expresidente piensa llevar nuevamente al poder.

Lo peor de todo, en aquel periodo oscuro de nuestra historia reciente, es que se afianzó en la sociedad la peligrosa idea de que los Gobiernos son básicamente corruptos, que el hurto, la trampa y la picaresca son las herramientas necesarias para sobrevivir y prosperar y que, en definitiva, la definición de pragmatismo es simple: eficacia sin escrúpulos.

No encuentro mejor ilustración de ello que lo que me ocurrió hace un año atrás durante una corta visita que hice a Lima, cuando discutía con un taxista sobre la situación del país a propósito de la campaña electoral que por aquel entonces calentaba motores. Ante mis argumentos acerca de la corrupción que supuso el Gobierno de Fujimori, el taxista, entregado defensor de aquel nefasto presidente, admitió a regañadientes en un momento de nuestra charla que sí, que Fujimori “había robado”. Pero luego agregó un apunte de categoría moral al parecer irrefutable: “Fujimori robó. Pero robó lo justo”.

La laxitud moral que hay en la frase es, por desgracia, el sustrato de fondo de quienes hablan de los logros de Fujimori olvidando los atropellos, el desfalco, los sobornos y los asesinatos que dieron combustión a ese motor y olvidando de paso que la falta de honradez no es una mera cuestión romántica frente a la que la inmediatez del día a día se impone, sino un elemento indispensable para la prosperidad y el progreso, y que su ausencia en aras de beneficios inmediatos es una bomba de tiempo que tarde o temprano nos estallará en la cara a todos.

No dudo, por supuesto, que haya peruanos de buena fe para quienes Keiko Fujimori es una opción legítima, pero mucho me temo que la gran mayoría simplemente ha optado por cerrar los ojos ante la corrupción, el asesinato y la injusticia con el argumento de que más vale malo conocido que bueno por conocer.

Por desgracia además, Ollanta Humala ni siquiera es lo bueno por conocer, puesto que su agresiva campaña populista -hoy en apariencia suavizada por los vientos electorales que amenazan con llevárselo al olvido- su izquierdismo gritón y su ideología cuartelaria parecen gestados en el vientre de alquiler del chavismo más profundo y por lo tanto un verdadero peligro para todo lo conseguido en esta última década de crecimiento económico y afianzamiento institucional en el Perú.

Los medios de comunicación nostálgicos del fujimorismo han aprovechado esta circunstancia olvidándose de mencionar que Hugo Chávez consideraba un ejemplo al Fujimori que cerró el Congreso y despachó la democracia en un abrir y cerrar de ojos, y que el trato entre ambos autócratas era cordial y pleno de entendimiento. Basta recordar que fue el Gobierno de Fujimori el que ofreció asilo político en 1992 a los golpistas que pretendieron derrocar al presidente Carlos Andrés Pérez. Y que Hugo Chávez concedió asimismo asilo a Vladimiro Montesinos cuando este huyó del país, perseguido por la justicia peruana, aunque tuviera que entregarlo después dada la magnitud del escándalo que terminó por derrumbar al Gobierno de Fujimori, quien finalmente prefirió huir al Japón.

Sin embargo, el temor a que sea precisamente Humala el que siga los pasos de Hugo Chávez y dé un giro de 180 grados al derrotero trazado por los dos anteriores Gobiernos arrojándonos así a un peligroso neopopulismo de izquierdas, es la principal baza en contra de su candidatura. Y sería un equívoco no tenerlo en cuenta.

Sin embargo, hay al menos tres aspectos que a algunos nos hacen confiar en que Humala no será el próximo Chávez: en primer lugar, el Perú de cuentas saneadas y de crecimiento económico -al que le toca urgentemente hacer llegar la prosperidad a todos los rincones del país si quiere seguir siéndolo- no es la Venezuela estrangulada por la ineficacia y estulticia de una clase política tan nefasta que arrojó a su electorado a los brazos del dictador.

Segundo, que el propio modelo del autócrata venezolano vive sus horas más bajas, desgastado tanto por su corrupción e inoperancia como por sus excesos y bravuconadas, más propias de un tiranuelo de opereta que de un mandatario serio o incluso de un revolucionario honesto. Ya muy pocos dan un duro por él, pues estos años solo ha ganado descrédito hasta en quienes al principio lo defendían con vigor.

Y, finalmente pero no menos importante, que la sociedad actual, infinitamente más participativa, conectada por redes sociales y sacudida de la atonía que la tuvo aletargada durante tanto tiempo, es capaz de movilizarse y organizarse contra las dictaduras y los malos Gobiernos, como ya hemos visto, adoptando una actitud vigilante frente a los excesos del poder. Ese es el ánimo que, como a muchos colegas, me ha hecho firmar una carta a favor de Humala, candidato del que recelo, pero que reconozco como única opción para detener la impunidad de volver al fujimorismo: no se trata de elegir entre dos posibles Gobiernos malos; se trata de no elegir a quien ya dio sobradas muestras de felonía y delincuencia.

¿Podemos no votar por ninguno de ellos para no participar en este sórdido asunto, como algunos amigos a quienes respeto y aprecio plantean muy legítimamente incluso pagando una multa por no votar? (en el Perú el voto es obligatorio) Podría ser. Pero creo que si pocas veces se dan las circunstancias ideales para participar en la construcción de un país, en este caso apenas si estamos votando para que no se destruya lo que debería ser el principal activo de una nación: su sentido de la decencia. Votar por Humala quizá sea un suicidio. Pero en todo caso será un suicidio en legítima defensa.

Publicado en el www.pais.com el martes, 31 de mayo de 2011

Jorge Eduardo Benavides, escritor peruano, es autor de la novela Un millón de soles (Alfaguara, 2008).

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THE RECKONING

“There’s been another attack.”

Martha’s voice trembled, and in her eyes I could read the effort she was making to contain her tears. It took me a moment to absorb the news, and when I finally did I could only stand there, impassive, while I looked at the newspaper shaking in my wife’s hand. I approached the window. Now I needed the cold air, precisely what I’d been trying to escape on leaving the university, and I contemplated the dark smudge of the night as it breathed on, serene as ever. Ten floors below me the city gave itself over to the pyrotechnics of its neon lights, to the uneasy intoxication of its nocturnal games, and to the pleasant warmth of the cafés and restaurants still serving at this late hour; a city, anyway, with a life that tried not to come completely unmoored from normality.

“You’re shaking,” I heard Martha’s faint voice behind me.

Yes, I was shaking. And it was not the thick air, or the August cold that rustled the drapes; it was the certainty that That Presence—long feared—was once again in our midst: encircling our days, cluttering our nights with its thick steps, lying in wait for each of our acts, ready to exploit the most minor slip-up, and seeking above all those who, like me, had openly confronted it the first time. The city below ignored the danger that had returned to haunt it after years of absence.

“Are you sure?” I asked, still dumbfounded, while I accepted a coffee.

“Martin called to confirm it: it was in San Marcos.”

“A professor of . . . sociology?” I inquired.

Martha nodded silently and showed me the newspaper. As I expected, the article was small, apparently written so that it would go unnoticed at the bottom of the fourth page, buried among ambiguous photos and other headlines. A small photo showed a faded image of the professor from San Marcos, identifying him with one of those circles so often used in newspaper photos that tend to hang, disrespectfully, over those meant to be singled out. In the photo were colleagues and smiling students: no doubt another time. The professor was survived by his wife and children; there would be a wake scheduled for tomorrow morning, etcetera. That was all. There were no major details, and I imagined the work of the journalist who wrote those lines, destined not to be read, maybe to be used as wrapping for fish, or to end up on the sidewalk somewhere in the city, the title smeared by a wad of gum.

“Does Martin know more?”

I collapsed onto the sofa, dejected because my suspicions were certain to bear out; first they would be sociologists—and the country didn’t have many of them; that is, sociologists whose ideas went against the grain. I thought of Santibañez: we’d have to look out for him, to draw him out of his stubborn skepticism that had immunized him the first time, when Martin and I had barely started teaching and back when we admired his conviction, his unshakeable faith in his ideas, his solemn aplomb on receiving the insults and acid criticisms of his intellectual opponents. We’d have to remind him of the gray hairs, the small losses that were gnawing away at our lives and making us more vulnerable to a new attack.

“—the newspaper basically says the same thing.” Martha’s voice returned me to reality; “Martin was really worried and was trying to get in touch with you all afternoon.”

I walked over to the phone.

“He’s not at home. He said to call him early tomorrow.”

“Where did he go?” I was alarmed at what might befall my friend, as That Presence was loose on the streets, the night ripe for another attack. Martin would be an ideal victim.

“I don’t know, all he said was that he’d be careful,” Martha explained to me as she rescued the porcelain cup from between my hands. “Martin knows as well as you do where an attack is most likely; he’ll avoid the university. Anyway, it’s not likely that it will resurface for another week or two—remember how it was the first time . . . ”

The voice of my wife did not sound very sure; she probably thought what I did, that this time was different, that if it had returned it was precisely because it was no longer afraid, and—impossible not to think this—that it had grown, was bigger, more dangerous than before.

That night we avoided saying anything more about the matter. During dinner we exchanged some words about needing to buy our boy Fernando some new clothes—you had to see how fast he was growing—about the terrible weather, yes, you’re right and so take care of that cough, for three nights I’ve heard you wheezing, something with your chest; today Señora Otilia came to wash the clothes, what a nuisance, the woman is so meddlesome. With all our trivial remarks, we tried to keep our horror at bay, and yet it advanced just the same, strangling that blue and deceptively still night. We tried, but it was in vain. We both felt too tense to keep up that absurd complicity of “pass me the bread please” and “is there is any sugar left on the shelf.” Every noise from outside frightened us, froze us where we were and halted the metallic rustle of our forks brushing up against our plates. Then we looked at each other in silence and tried to calm ourselves down, together: Señor García is always losing his keys; again the Gómez’s dog, poor thing, got locked outside. Again in vain. The threat, still undiminished, returned to spoil our poorly-acted nonchalance, and each noise sparked fear in Martha’s eyes and, I’m sure, in mine as well.

Just as we were finishing dinner, a sudden racket made us jump up; the sound of aluminum cans clanking loudly outside interrupted our ersatz calm. It was already here, ready to attack, hungering for victims, looking for a way into the kitchen and raising a din just to terrify us, that son of a bitch. I ran to the door and in my desperation grabbed a butter knife, then felt even worse off squeezing at that puny utensil meant for spreading jams and butter. Still, I was ready for confrontation, even if it was only with my bare hands. I thought about Martha and young Fernando, who was sleeping in his room. He was far away from all this, swaddled in the inviolable innocence of his six years. I thought about old Santibañez, about Martin and Cecilia, my silent companions that first time we had to endure the daily fight; I thought about the ruthless mockery of its malevolent face, about how it consumed—without remission—all my time, hours spent avoiding an attack from the first moment I knew such a threat existed; and now it was already here. I opened the kitchen door with an abrupt, almost savage lurch, abandoning all thinking and loosing my instinct. I was met with the tender pink fear of my son, in his pajamas, holding our bewildered cat: Sorry, Dad, I was giving him milk and he tried to escape.

I had to lean against the doorframe and tried to smile. I was drenched in a cold and sticky sweat. Martha, who had run up behind me, gathered up the child, who pressed up against her, perhaps sensing the danger that was beginning to surround the house. Suddenly, it was already outside, and we didn’t even know; fear attracted it—fear and fear’s rancid stench; the hatred it instilled in those of us who know of its existence, and also the peculiar smell of certain books. I turned to the study and without hesitation pulled down from the bookshelves the volumes whose smell might attract it. They neared thirty books in all, mostly material I used to prepare my classes. Books that I grasped with the same respect that might be accorded the antidote to a certain poison, and which Martha looked at with a scowl because we knew that years ago it had begun the same way: an odor only perceptible to that sharp nose—and later, a mortal attack.

Martha returned after she put the child back to bed. We watched the ten o’clock news and then without pause changed the channel to watch the eleven o’clock version, each time with the same unspoken desire to know something more. It was useless. We learned that the transportation stoppage was to continue indefinitely, provisions were growing scarce, and the screen showed us serpentine lines, several blocks long, that began at the rickety doors of the Government Relief Agencies; two ministers had already stepped down this week, and the country continued to sink into a bottomless crisis—all this in spite of the newscaster’s skeptical smile, cleansed of any worry—but not once was there mention of the greater danger we were facing.

“It appears,” Martha sighed in tacit agreement, “that that kind of announcement is not as convenient for the government.”

Before we went to bed, we double-checked the doors and windows.

We slept badly. I felt my wife’s restlessness as she tossed and turned in bed, and I felt for her—for me, for the impotence of knowing that it was better not to rescue her from the nightmare she was having. It would have been worse to wake her up and return her to the daily reality that would begin soon enough, with the slow intrusion of the morning: the sound of running water, the radio and news broadcasts, the coffee and toast, the world just outside, the resignation felt by thousands on walking through the drizzle those ten, fifteen, twenty blocks jammed with those absurd stoppages; the frozen shock that accompanied the sight of the routine passage of tanks glimpsed from behind the rattling glass of office buildings; the desperation that blew through the streets like a malevolent wind, and now That Presence, detecting the scent of a heedless city. Only a few (perhaps Martin, Santibañez, and I—and that was it) had sensed its beastly, unbridled advance toward the reckoning. Not even those who were aware knew with any precision where it might be, when it might strike and under what circumstances, who might be its next victim.

The telephone rang, and with a shrill insistence drove off the vapors of the night that had been trapped in our room where the shades were drawn and Martha’s breathing had begun to ease. I hadn’t slept a wink and I was beginning to feel drowsy, was smoking incessantly and had opened a book which I’d not read past the first page.

It was Martin.

“Have you heard? This time the news ran in the papers. “

He didn’t even utter a word of introduction. Martin, a man who rarely lost his calm and who always carried himself with impeccable poise. His voice was quivering and tense.

“Yeah, Martha told me yesterday. We were worried about you. Where did you go?”

“To burn books,” and then, returning to what I had just said, “Yesterday? I was referring to the news today.”

I sat up and pulled out a cigarette from a crumpled pack. It was the last one.

“What do you mean?”

“Yesterday it was the sociology professor—San Marcos.” Martin was speaking in a jumble, almost as though sifting through a telegram. “A minor notice in the paper.”

“An opposition paper,” I concluded, urging him on.

“They didn’t say much. Today there were three more; two professors from Pacifico and one from our university.”

“Who was it,” I asked him outright, although I was sure who it was.

“Santibañez.”

The circle was closing. The next one could be either of us, that at least seemed increasingly, alarmingly, likely—hence the agitation muzzling my friend, normally a composed and fastidious critic of literature; the death of Santibañez must have upset him. We hung there for a few seconds without saying a word. Outside the rain struck at the windows and roofs of the buildings with a stubborn tenacity, dripping down and stretching itself out like gray tentacles along the walls, muddying the streets and signs, covering the city with a heavy cloak that zigzagged along the sidewalk and pooled up in the cracks and uneven patches of asphalt. We arranged to meet in our usual spot. Martin said he had a plan and that it was urgent we talk; and before hanging up I tried to put him at ease, although without much conviction. My fears from the night before were confirmed; it had returned after a much needed sleep, it had returned hungry and bigger than before. It had sensed the scant resistance that awaited it, and it started surrounding the universities, choosing its prisoners with patient delight. Later, institutes, cultural centers would fall prey to it—then, intellectual life in its entirety. By the time it began to attack schools and academies it would already be too late (in the hypothetical case that there would even be someone to combat it); in the factories and in the offices, in the businesses and the ministries, there would already be easy captives. I imagined a world bent down on its knees, satisfying its hunger just as the lunatics, who fed and adored it, had demanded.

Martin had told me to meet him in the café by the university where we taught, a café we used to visit often. Putting down the receiver, I looked up to find, gazing back at me, the frightened eyes of Martha as she leaned on the doorframe to the bedroom. Instinctively she had lifted her hand to her chest, as though looking to relieve some tightness there, a breathlessness that caused her face to stiffen. I understood then that she was no longer the young girl I had married ten years before; she looked too pale, her hair held up in a tight bun from which a few graying strands escaped. An infinity of wrinkles aged that face, which, until recently, had carried the confident brushstrokes of youthful beauty. I approached her and wrapped her up in a loving embrace, trying to protect her. While she pressed up against my chest, what I felt from her was protectiveness rather than a desire to be protected herself.

“I’m going to make coffee,” she composed her voice, though I could hear it sounding a sharper tone; she was trying not to break down. My hands could almost grasp that all-too-fleeting memory of her fragility.

I walked to the kitchen and while I followed my wife’s mechanical gestures cleaning the dishes, I related in a few words the conversation I’d just had with Martin. I avoided referring to Santibañez; Martha knew him, and it would have been too much for her to learn what had happened.

“What are you planning to do?” Her voice had resolved on a note of calmness.

I confessed that I still didn’t quite know what we would do. Meanwhile, she and I both knew that sooner or later—though surely sooner, judging from swiftness of the recent attacks—it would reach us, that it would sniff out our aversion and that that would excite it like a beast smelling the fear of captured prey. Even as I spoke, I could feel myself being seized by an irrepressible hatred. The first time it was among us, we only learned of the attacks from the news reports relayed by those returning from abroad, reports that struck us as absolutely unreal because of their distance and the particular conditions of those faraway countries where it attacked; it had claimed many colleagues, among them some friends of mine, Santibañez being the latest one. The next victim could be Martin or, even more likely, me; it made no difference. It saw itself as strong, powerful, unrivaled; the attacks were pointed and yet elastic in their rhythms, without leaving much trace, each time claiming a new victim. Nothing was certain, and everything confusing. Reality became, in its presence, dark and remote. Neither Martin nor I were willing to let ourselves be pulled in without a fight. Blinded, I fell upon the realization that I was resigning myself to fighting a losing battle.

Before setting off for the café where Martin was waiting, I asked Martha to wrap in plastic the books I had set aside the night before and to carry them herself to that same place, far away from any possible discovery, where she could then burn them.

As I reached the door to leave, I heard her voice from the kitchen, uttering words I do not recall ever hearing her say with such worry:

“Be careful.”

Outside I was received by the sharp morning air. A misty drizzle muddied the streets with a kind of ferocity; for about two days it churned up a muddy swill that splattered up from beneath the weight of car and bus tires and caked in a black muck the shoes of the people cramming into the bus stops; people who waited in vain for the smoke-spewing nose of the bus to appear on the far corner of the avenue. A breathy haze hung over the streets, and from out behind mounds of uncollected trash, accumulated over the three weeks of municipal strikes, emerged the decrepit figures of children, their faces looking aged and unwell. Anything that seemed to be of use they put into a filthy burlap bag, nibbling at dried-out bread and decomposing lettuce. The public buses that ambled through the streets could not transport so many people, who were willing to pay almost anything not to miss work (their absence would have been a convenient excuse for the failing businesses and factories to claim bankruptcy and close). And at each stop those commuters fortunate enough to make it onto the bus faced the wagging fists and insults of those who weren’t as lucky. Army trucks were streaking through the main streets of the city, and it was rumored that this was because the bus drivers’ strike continued without any sign of letting up. As though it were a protest, or a demonstration, against reality, against logic, and against what was normal, desperate throngs of people also walked in the opposite direction—a kind of spell to walk back in time – with the absurd hope of finding an available bus among the initial stops that were already completely overrun. Many resigned themselves to rushing off on foot the various kilometers to the office, the factory, or the store without even trying to hitch a ride with me or any of the others who, traveling by car (a luxury condemned by the president), may have passed for gypsy cabs. Agitated, I tried to take some people in my car, but I could barely slow down before a mob surged toward me—of students, employees, factory workers, and secretaries among whom the constancy of the municipal strikes and work stoppages had bred an air of chummy camaraderie which brought them together and leveled their differences: a young blonde clung to the back handle of the car, and the copper-colored hand of a man grabbed hold of her without even a thought, the two clinging on together. Still, everyone shouted raucously and fought, howling to get aboard. I had no choice but to drive away, and while I did I gazed through the rear view mirror at the insane reality the country had been plunged into, a reality reflected in those flushed faces. The situation had never been like this before, and it slowly tore down all vestiges of personal dignity.

Martin was drinking coffee at a distant table, tucked away in the warm shade of the café, where the odd smell of ham and the aroma of espresso had once eased our worries if only for a passing moment. I knew right away, though, that this place of aromatic lies didn’t exist as it once did. I saw that etched with tension on the ill-shaven face of my friend, in the cigarette that shook loosely in his hand, and in the heaviness of his movements. I had that aching certainty that there were no longer any places for us to go, not as there used to be, when we would gather here for breakfast, sharing news so as not to lose touch with our hopes for a better life; and later we would cross the university campus, Martin to his literature classes and I to try to chip away at the cynicism of my students in the Sociology of Peru. Sometimes we prolonged our conversations for as long as we could, consumed by trying to untangle the technical complexities of the latest novel or simply arguing about soccer (that mundane love that conquered us with such ease).

For years we used to gather in that small café, at first because we preferred it to the academic racket that prevailed at the university, and later because in our shared silences beat the tacit promise of our not allowing ourselves to be taken in by the desolation that blew through the farther reaches of the city. Sometimes Santibañez arrived and the conversations would go on for hours under the playful ease of our jokes and ribbings; all the while, though, a certain consciousness persisted, pristine and constant, of something unnamable and impending.

Once in a while we even invited Martha and Cecilia so that we could all feel young again, to shake out the tension of our days in spite of a foreboding winter that seemed to lurk around the corner, pulsating with omens and frightful news, of price inflations, plunders, demonstrations, stoppages, and endless rumors that together swelled up in our daily conversations, a chain of horror that shook the city through and through. In the café we talked about literature, about film; we spoke of our academic projects (perpetually delayed or put on hold), of Martin’s travels, and a thousand other things of no importance, always trying to avoid falling into the ruts of the present situation; we played this absurd chess game, trying to keep the doors closed on that gloomy and enfeebled future. But at a certain point, someone let his guard down and a comment would escape his lips: something about the most recent textile strike, or the ridiculous price of cigarettes, the last terrorist attack, or the shortage of sugar. It was impossible to keep up two or three hours of conversation without touching one of these threads leading back to the general situation of the country. Then, we’d be pulled back by the unconquerable weight of reality. A brusque silence would follow because That Presence pressed its snout against the windows that gave onto the city; the terror then set in, we feared that the climate was ripe for new attacks, that That Presence would come closer and closer to us with each day that passed, engulfing us in its dark, funereal mood, that it would awaken at any moment.

The moment had arrived.

Translation of “El acoso.” Copyright Jorge Eduardo Benavides. By arrangement with the author. Translation copyright 2011 by Jonathan Blitzer. All rights reserved.

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LEJANOS (CUENTO) POR JORGE EDUARDO BENAVIDES

En este cuento de factura impecable, Jorge Eduardo Benavides narra en un estilo coloquial la vida de dos niños, como si fueran los dos lados de un espejo. Raúl que vive en Lima, cuyo padre no tiene trabajo en la construcción y cuya madre ha emigrado a España para ayudarles económicamente y en el reverso, la existencia de Paco que vive en Madrid cuyos padres “tienen mucha plata”. La línea de convergencia de estas dos vidas, en vísperas de la navidad, es la madre de Raúl que se desempeña “como señora de limpieza” en la casa de los padres de Paco. La otra convergencia es la redacción que hacen los niños con faltas de ortografía. El autor insiste en que esas faltas son intencionales y que “hay que leer [el cuento] con un pelín de atención para entenderlo”.

Lejanos (cuento) por Jorge Eduardo Benavides

A Raúl le encanta la nieve, que es una cosa blanca y deliciosa con la que se podrían hacer sorbetes de limón y helados si pudiéramos comerlos siempre. Lamentablemente, Raúl nunca ha visto la nieve en directo, aunque le gustaría, sobre todo en esta época del año cuando cae en Europa y en algunas regiones de España. Durante el invierno la gente usa abrigo porque hace mucho, pero mucho frío, más que en Lima en todo caso, que es una ciudad gris y triste, especialmente desde que la mamá de Raúl viajó a España para trabajar y mandarles dinero a él y a su padre, que trabajaba en la construcción, aunque en los últimos tiempos se queda en casa, tirado en la cama, mirando al techo y sin construir nada. Raúl también trabaja: vende chicles y cigarrillos en los microbuses, que son como unos autobuses pero más pequeños, y aunque a veces los conductores se enfadan porque dicen que les da la lata a los pasajeros, él siempre se las apaña para subirse y vender algo, nunca mucho, pero lo suficiente como para llevarse a la boca un bocadillo y un zumo. A veces tiene suerte y puede comprarle algo de comer a su llama, porque en el Perú abundan las llamas, que es un animal un tanto estraño, a medias entre el caballo y el camello. Como se sabe, los peruanos descienden de los Incas, un gran pueblo conquistado por los españoles hace mucho tiempo. Mucho antes de que se muriera Franco, que era un señor que estaba todo el día inaugurando pantanos.

Raúl no trabaja demasiado porque asiste a la escuela por las mañanas y luego tiene que hacer sus deberes, tal como se lo prometió a su madre el día en que ella se marchó para España y le pidió que por favor estudiara mucho y que no se volviera un olgazán como su padre. El padre de Raúl, al oír esto, se cabreó que no veas, pero ya era hora de que despegara el avión y todos se abrazaron y lloraron un poco, sobre todo la madre. De manera que los días en que Raúl no quiere estudiar o prefiere quedarse en la calle vendiendo cigarrillos y chicles, de pronto se acuerda de su madre y quiere darse de hostias por olgazán, y se va a casa para hacer los deberes. Raúl escribe en unos cuadernos viejos que le ha regalado la maestra. La maestra también se quiere ir a España, y Raúl siente algo parecido a la pena cuando la maestra habla de aquel país, porque siempre parece que está a punto de irse, tal como hacen muchos hoy en día.

Raúl estraña a su madre sobre todo por estas fechas, cuando se acerca la Navidad y camina por el centro de Lima, que es la capital del Perú, pegando la cara a los escaparates luminosos, donde hay una gran cantidad de juguetes que jamás podrá comprar. Ya ni siquiera se atreve a insinuárselo a su padre, porque este se cabrea siempre, y coge su llama y ¡hala!, se va a buscar trabajo en la construcción y vuelve por las noches más enfadado que nunca porque no tienen dinero. El padre de Raúl también se pone un poco triste en Navidad, y se sienta a la mesa durante horas, sin decir nada, mirando el halmanaque porque sabe que a fin de mes llegará el dinero que les envía la madre desde España. Con ese dinero pueden vivir, aunque nunca es mucho, claro. La madre de Raúl siempre le escribe y en la última Navidad le envió además un regalo, una camiseta de Ronaldo.

A Raúl le gusta mucho recibir carta de su madre, le gusta olerla un poco antes de abrirla y luego la lee muchas veces, tumbado en su cama, hasta que casi se la aprende de memoria. En sus cartas, la Madre de Raúl siempre le cuenta cosas de España, donde ella trabaja como señora de la limpieza, en casa de unos señores. Él es abogado y ella es profesora. Al principio, la madre de Raúl lloraba mucho porque estrañaba a su hijo y también a su marido, aunque sea un poco olgazán. Ahora ya no llora tanto porque han pasado tres años y aunque siempre piensa en ellos dos, en las ganas que tiene de ir a verlos, sabe que es lo mejor para todos, que al menos así Raúl tiene para comer y para comprarse zapatos y darle de comer a su llama. La Madre de Raúl está ahorrando dinero para poder pagarle el pasaje de avión a Raúl y a su padre. Así todos estarán juntos, especialmente ahora que se acerca la Navidad. Ellos viven separados y esto es totalmente hinjusto.
—Mamá: ¿injusto es con hache?
—No, sin hache.
Paco mira por la ventana y suspira. Está cayendo la nieve a raudales y seguro que Curro y Manolo estarán jugando felices mientras que él tiene que terminar la tarea que le pidieron en clase y que no ha terminado aún por estar pensando en la Navidad. La Navidad es una época especialmente feliz en España: las calles se engalanan con infinidad de luces y guirnaldas, la gente camina apresurada haciendo sus compras y todos reciben regalos ya que además de los tradicionales Reyes Magos en los últimos tiempos también tienen a Papá Noel, de manera que la Navidad se inunda de obsequios: carritos de juguete, soldaditos, nintendos, computadoras. Y nunca faltan los dulces ni la comida. Aquí nadie se muere de hambre y todos tienen abrigos para el frío y en verano se marchan a la playa en sus autos particulares. Allí juegan, beben vino y comen paella, que es un arroz especial y amarillo. También disfrutan del jamón y la tortilla de papas, platos típicos muy sabrosos.

En España todos tiene trabajo y viven felices, en casas propias y no importa que haga frío ni que caiga una lluvia tremenda, porque siempre tienen calefacción y comida caliente. España no es tan grande como el Perú, pero son muchos más habitantes y por eso pudieron conquistar toda América, menos Estados Unidos, que es más grande y la gente habla inglés, por eso no se les entiende. El asunto es que en España la Navidad es la mejor del mundo, y Paco, después de hacer su composición sobre esta fecha tan señalada, se irá al parque a jugar. Como vive en Madrid, le gusta sobre todo jugar a lanzarse bolas de nieve con sus amigos y luego irse a esquiar o a patinar. También va a jugar a la pelota y luego regresa a casa y come pasteles y turrones todo el tiempo.

El papá de Paco es torero y la mamá es andalusa. Como tienen mucha plata pueden hacerse todos los regalos del mundo cuando llega la Navidad, y también se van de viaje cuando les provoca. A Paco le gusta ir al pueblo de sus abuelos, que son jubilados y tienen a la Seguridad Social para sus achaques, y cuando sus papás no pueden llevarlo, el agarra el metro y en diez minutos está en Barcelona, en Real Valladolid o en Sporting de Gijón, que son otras ciudades de España, muy limpias y cuidadas y cada una tiene su propio equipo de fútbol, aunque Paco es del Real Madrid, donde juega Ronaldo, Raúl y Sidane, que son unos jugadorasos que ya quisieran Alianza Lima o Universitario de Deportes.

A Paco también le gustan mucho los toros, como a todos los españoles, y de grande quiere ser torero, igual que su padre. O futbolista, aunque en España hay más toreros que futbolistas, y por eso se llevan de Sudamerica a los buenos futbolistas. Esta Navidad Paco va a pedirles a sus papás un traje de torero, y se va a ir a practicar al campo de toros que queda muy cerca del parque donde juega al fútbol con sus amigos. Pero los papás de Paco le harán otros muchos regalos y después viajarán por toda España divirtiéndose de lo lindo y lo pasarán súper bien. Como los padres de Paco son muy buenos, segurito se llevarán también a la señora peruana que les hace la limpiesa, la comida y todo lo que necesitan. A esta señora la tienen en casa desde hace tres años y ellos dicen que es una suerte y ella también dice que es una suerte porque podría haberle tocado otra gente, que no paga bien y explota a los inmigrantes y a veces hasta los matan. Pero ellos no son así. Ellos saben que esta señora es peruana y que tiene un hijo de la edad de Paco, un hijo al que extraña mucho, sobre todo ahora que se acerca la Navidad, que es una fecha en que la familia debe estar unida. A ellos, el que ésta señora viva tan lejos de los suyos, les parece algo totalmente hinjusto.
—Papá, ¿injusto es con hache o sin hache?
—Sin hache. Creo.

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ALBATROS

Lo primero que me sorprendió de la librería Albatros fue la variedad y calidad de sus títulos y lo muy al día que estaba su dueño, Rodrigo Díaz, en materia de novedades editoriales. Esto, que puede ser más o menos una obviedad en cualquier librería, cobra otro sentido si les digo que se trata de una pequeña librería de libros en español, situada en el corazón de Ginebra.

Fue también mi primera visita a una ciudad que andando el tiempo se ha convertido casi en otra casa para mí, habida cuenta de que suelo ir con frecuencia a dictar talleres o a presentar libros y he terminado por hacerme con un plano mental del casco viejo y algunos otros barrios como Paquin, Plain Palais o Carouge en los que, paseando por sus calles o en torno al lago Leman siempre experimento el breve asalto de la felicidad, sobre todo cuando por las mañanas me instalo en la cómoda biblioteca municipal a escribir.

Por todos lados brotan pequeños cafés y bistrots que parecen salidos de un apunte de George Grosz, callejas pulcras y sinuosas por donde cruzan atildados hombres de negocios e infinidad de restaurantes y brasseriès estupendos para disfrutar de un entrecote o la olorosa fondue, regado todo con un buen vaso de vino de la región. Pero Ginebra también son los amigos como Rodrigo Díaz, un librero que trabaja con entusiasmo para tener en su librería las últimas novedades editoriales no sólo españolas sino de otros países de habla hispana: Visitar Albatros es vivir siempre la acechanza de la sorpresa, pues allí es frecuente encontrar libros que resultan imposibles de hallar en España o incluso darse de bruces con joyas que sucumben en las librerías españolas ante la avalancha de títulos más ostentosos.

Rodrigo no sólo es un librero cuidadoso y sagaz: ahí, en el pequeño espacio de Albatros, ha presentado libros de una larguísima lista de escritores españoles e hispanoamericanos y ha gestionado que muchos de ellos den conferencias, en colaboración con Daniel Ibarra, de la asociación Abanico, y con John Deighan, un profesor entusiasta y siempre presto a traer gente de los confines del mundo para satisfacer la curiosidad de sus alumnos. Rodrigo es uno de esos gestores culturales que no saben que lo son pero que funcionan ellos solos con la laboriosidad y diligencia de un equipo al completo: te bombardea a correos electrónicos para dejar todo a punto, te recibe en el aeropuerto -pese a que no tiene coche- te instala donde te vayas a quedar, te consigue lo que necesites (por ejemplo un imprescindible adaptador para los enigmáticos enchufes suizos) y luego siempre tiene tiempo y ganas para salir a tomar una copa. De manera que Albatros no sólo es uno de esos lugares referenciales para todo aquel que quiera encontrar una novedad editorial o un libro a punto de ser descatalogado, o para ir a escuchar a un escritor que viene a presentar su último libro o a dar una conferencia.

Albatros es, en realidad, un centro cultural que aglutina a hispanoamericanos, españoles y suizos en torno a los libros y a nuestro sonoro español que allí, en la fría y educada Ginebra, resuena en todos los acentos posibles: es decir, cosmopolita. Y en estos tiempos de insensatez diferencial, es un pequeño milagro que ocurre en el centro mismo de Europa.

Extraido de: El boomeran(g) Blog literario en español Blog de Jorge Eduardo Benavides fecha : 19/11/2009

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TRIBUNA: IX Premio Alfaguara de Novela, JORGE EDUARDO BENAVIDES, Crecer es un oficio estupendo

Probablemente el caso de Santiago Roncagliolo resulte no sólo estimulante para muchos escritores de su generación en Hispanoamérica sino la constatación de hasta qué punto ha cambiado la perspectiva de lo que ocurre social, política y culturalmente al otro lado del charco. Y -claro está- la manera como la literatura aborda y se nutre de todos esos cambios. Así, no es casual que Abril rojo, con la que Roncagliolo se ha alzado con la novena edición del Premio Alfaguara, sea una novela en la que el tema del desencanto político, el mesianismo, las profundas contradicciones sociales que motivaron en el Perú la pesadilla del terrorismo y su espantoso correlato de barbarie haya despertado en los miembros del jurado una coincidencia de criterios a la hora de elegirla ganadora.

Al parecer, no se trata de una novela política, en el sentido estricto de la palabra, sino más bien de una cierta mirada juvenil -pero no por ello menos madura- de un fenómeno terrible con el que la generación de Roncagliolo tuvo que convivir, y que, liberado de solemnidad y prejuicio, le ha permitido al peruano escribir gran parte de su trabajo literario. Porque a Roncagliolo le interesa sobre todo el aspecto mínimo, cotidiano, contradictorio y casi siempre escorado al humor -un humor ácido, es cierto- de los individuos que transitan por sus cuentos y novelas como quien se aferra a la vida con vehemencia y no obstante sin mayores desgarros existenciales.

Tanto El príncipe de los caimanes, su primera novela, como su anterior libro de cuentos, Crecer es un oficio triste, y su reciente novela Pudor -muy bien acogida por el público y la crítica- revelan en Roncagliolo una firme voluntad de cartografiar más que una situación social, el estado de ánimo de sus personajes tiernos, vulnerables, jocosos a su pesar, terriblemente humanos. Quizá todo ello ocurra porque Roncagliolo pertenece a una estirpe de narradores que mantiene con su literatura y con su oficio una relación saludable y optimista, en la que el aprendizaje resulta tan importante como el desenfado y en el que la solemnidad es apenas un aspecto del que es necesario reírse. No quiere decir esto que sea un escritor light o frívolo, no: se trata simplemente de una renovada manera de entender el mundo, de cuestionarlo y llevarlo al papel, de recrear situaciones dramáticas y difíciles sin más dramatismo del necesario. No resulta extraño pues que el flamante Premio Alfaguara se considere cercano a tantos otros escritores hispanoamericanos jóvenes que han dejado de ver América Latina como el territorio del realismo mágico y no se han encandilado por el realismo trágico.

Tampoco resulta menos cierto que este premio registre la buena salud de la literatura peruana actual: Alonso Cuento acaba de hacerse con el Premio Herralde con una novela que también incide en el tema del terrorismo y desde una óptica más bien íntima, Jaime Bayly quedó finalista en la última edición del Premio Planeta y escritores como Iván Thays o Fernando Iwasaki despiertan cada vez mayor interés por obras que se van consolidando por calidad y contundencia. Decíamos al principio de estas líneas que el premio de Roncagliolo debe resultar estimulante para muchos escritores de su generación en Hispanoamérica, y no precisamente por el premio con el que acaba de alzarse, sino por el hecho de que ello demuestra que un trabajo serio y constante, más cierta dosis de audacia literaria pueden alcanzar su recompensa: Santiago Roncagliolo, nos consta, antes de este premio ya había visto los frutos de su esfuerzo y este reconocimiento apenas es una constatación más de su valía.

Jorge Eduardo Benavides es escritor peruano.

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JORGE EDUARDO BENAVIDES, CLÁSICOS DEL SIGLO XX (2)

La imaginación razonada

Ocurre con Bioy Casares que su nombre brota de manera instantánea cuando mencionamos a Borges: si no sombra, amigo que de tan íntimo resulta disuelto en el otro, un poco también hermano tanista, compañero de una larga y dilatada trayectoria personal y literaria que a menudo se confunde, se cruza y se enreda una y otra vez.

Su propia obra parece injustamente crecida como un meandro en ese cauce poderoso que es la obra de Jorge Luis Borges. Así, Bioy ha visto su narrativa relegada siempre a una dimensión más modesta, a los extramuros del dispendio con que celebramos al autor de El Aleph. La invención de Morel, su más celebrada novela, nacida de las cenizas de toda su obra anterior, es el ejemplo más claro de lo que venimos diciendo. Escrita en 1940, fue “apadrinada” por Borges con un prólogo del que ya resulta indisoluble la propia novela, fundamentalmente porque de todo aquel largo ejercicio estético que constituyen las líneas que le dedicó su amigo y mentor, ha quedado el calificativo “perfecto” que concedió Borges no a la novela, sino a la trama de la novela. Poco importa ya la precisión: nadie sale indemne de ese prólogo, ningún lector puede aventurarse por las páginas siguientes sin suspicacia respecto de lo que va a descubrir y que ha sido tan rotundamente calificado por un autor poco dado al regalo de sus elogios.

Recuerdo aquel caluroso verano limeño en que devoré esta novela empinada y agridulce de un autor que para mí era entonces desconocido: recuerdo también que en el placer que me proporcionaron sus páginas siempre quedó un regusto extraño, vagamente triste o insuficiente. Sospeché que había ocurrido lo que con el tiempo doy por algo obvio: no creo que haya en la historia de nuestra literatura un regalo más envenenado que ese adjetivo con que Borges calificó La invención de Morel, condenándonos a sus lectores a caer bajo el embrujo de una hipérbole que fue más producto de la admiración que uno sentía (como muchos lectores) por las sentencias y ditirambos de Borges que por propia intención de éste.

Ocurre así que La invención de Morel es una novela que hay que leer a contracorriente, remontado con esfuerzo el calificativo borgiano para descubrir toda su inquietante belleza, esa irreprochable factura que la sitúa en el terreno de la mejor ciencia ficción, limpia de aquel elogio que paradójicamente le enturbia sus manifiestas virtudes, la mayor de las cuales es, sin lugar a dudas, haber resistido el embate del tiempo y ofrecerse así siempre novedosa, audaz, a ratos vagamente proustiana, trufada de esas ágiles reflexiones con que Bioy Casares ha sustentado lo mejor de su obra, esa imaginación razonada de la que nos habla el propio Borges en el prólogo.

El narrador -de quien nunca sabemos su nombre- llega huyendo por oscuros motivos a una isla en la que descubre unas extrañas construcciones abandonadas, podridos estanques y maquinarias inclasificables que ganan su interés y azuzan su inquietud de hombre solitario y huido. Pronto esta inquietud se verá incrementada por el arribo a la isla de un grupo de personas entre las que se encuentra Faustine, inasible mujer de la que se enamora el protagonista con la desesperación que confiere la soledad absoluta donde se halla instalado. Pero también porque ella no se digna siquiera a mirarlo en ninguna de las muchas ocasiones en que el narrador, superando el vertiginoso miedo de hacerse visible para los visitantes, se acerca a ella, se tiende a su lado o compone un jardincillo minúsculo que la mujer se obstina en no ver jamás. Aquel desdén implacable y minucioso pronto se revela de otro orden, acaso más terrible: Faustine, como el resto del alegre grupo que acude a la isla como en una inocente excursión de fin de semana, es una proyección generada por una máquina del misterioso Morel para repetir de manera infinita una pequeña secuencia de la vida de estos personajes. El protagonista desespera al saber que ella puede existir en algún lugar del mundo o que acaso existió y ya no existe más y escribe en los papeles que deja a la posteridad: “Al hombre que, basándose en este informe, invente una máquina capaz de reunir las presencias disgregadas, haré una súplica: búsquenos a Faustine y a mí, hágame entrar en el cielo de la conciencia de Faustine. Será un acto piadoso”.

Asombrosa y de rara hermosura, la novela marca la solidez de un narrador particularísimo que ha dado brillantes páginas a la literatura hispanoamericana abordando aquí un género -la ciencia ficción- que se ha manejado con poca frecuencia en la narrativa de ese continente. La invención de Morel, sin embargo, no nos resulta una novela de género. Como ocurre con todas las buenas novelas, que siempre parecen situarse más allá de cualquier etiqueta.

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NOTA APARECIDA EN LA PRENSA DE BOMBAY

Nota aparecida en la prensa de Bombay a propósito de una invitación de la universidad de Bombay y de PEN all India Centre.

Aquí dejo el artículo publicado en su momento en el blog de el Boomeran y que da cuenta de aquella experencia.

PLANETA INDIA

Tomando una copa en el bar del hotel Intercontinental de Bombay, me encuentro con un joven escritor indio. Ha estado en la conferencia que di en el Pen Center por la mañana y la sorpresa inicial de aquel encuentro —Bombay debe tener unos veinte millones de habitantes— se disipa al momento porque en realidad son escasos los sitios donde se puede tomar una copa y hacer un poco de vida nocturna tal como la conocemos en Occidente. Por la tarde estuve en un viejo restaurante parsí del centro, un restaurante con lentos ventiladores en el techo, vagamente lisboeta, de comida deliciosa y condimentada, que le recuerda a uno constantemente que está al otro lado del mundo.

Ahora, el escritor indio, algunos amigos y yo estamos en la terraza del hotel y hace un calor sofocante y húmedo, una niebla sórdida de polución que se levanta como una amenaza oscura. El novelista me habla de algunos autores hispanoamericanos a los que ha leído en inglés y me sorprende que los conozca. En la India, la literatura hispanoamericana es apenas un eco extraño donde reverberan los nombres de algunos escritores del Boom, Gabriel García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes… sobre todo el primero. El escritor indio hablaba con entusiasmo de la literatura hispanoamericana y en esa erudición había también una cierta sensación de estar acercándose a través de un espejo a una misma realidad que se basa, curiosamente, en el mutuo desconocimiento. Es cierto, le reconozco que, salvo que sean más bien británicos, son pocos los escritores indios que he leído. Hablamos un buen rato de nuestros países (aquí yo debía suplir «país» por continente, para que la semejanza sea proporcionada: La India es un subcontinente con 21 idiomas oficiales) y vamos comprendiendo nuestras realidades tan similares: la desigualdad social, la endeblez democrática… pero sobre todo una literatura rica en busca de afirmar su identidad. Aunque creo que en eso los indios nos llevan ventaja. En el vuelo que me trae a Zurich, cruzando el corazón mismo de la noche euroasiática, me dispongo a leer a un nuevo (para mí) autor indio: Kunal Basu. He traído algunos libros para conocer mejor ese inmenso, complejo y fascinante país que desafía cualquier descripción.

Oscar Pujol, el director del Cervantes de Delhi es un catalán especialista en sánscrito que vive en este país hace veinte años y con quien sostuve una conversación amena y llena de interesantes observaciones durante el larguísimo trayecto hasta el restaurante donde nos esperaba el embajador peruano. La presentación que hizo Pujol de mí fue cálida y de una sobriedad exquisita. Pero gracias sobre todo a Nitesh Gurbani y a Carlota Taboada, en Delhi y en Bombay, respectivamente, he podido aprovechar mejor estos diez días en la India. Nitesh es un joven indio que trabaja en el Instituto Cervantes y conoce bien España, pues hizo la carrera de Filología en Córdoba. Él me ha enseñado esta ciudad mareante, caótica hasta la extenuación, sorprendente de lo tanto que se puede parecer a la imagen que de ella nos hacemos y que sin embargo, intuyo mientras camino por el casco viejo de Delhi, que sólo es la superficie, la manera de defenderse o burlarse de quienes ingenuamente creen que la pueden abarcar en pocos días. Naturalmente no intento semejante insensatez y me limito a caminarla, observando las hileras de rickshaws, las vacas que se apostan invulnerables en plena calle, entre una tienda de Lacoste y otra de Armani, a los indios ricos y vestidos a la usanza occidental que pasean de la mano de chicas fugaces y hermosas en sus saris multicolores. Nitesh mira con los ojos de un occidental, pero también de un indio, y eso es fantástico porque me salva de zozobrar en medio de tantas experiencias deep India con un dry martini en el Hotel Imperial, que es lo más parecido a un viejo enclave de las colonias británicas.

Carlota Taboada es una profesora de español en la universidad de Bombay que lleva poco menos de dos meses en esta ciudad tan distinta a la ensimismada Delhi. Se mueve con mucha soltura por sus calles y barrios, no se deja marear por los taxistas y es capaz de entender el enrevesado inglés de los indios. Pero al igual que Nitesh, Carlota ha sido una anfitriona estupenda que ha sabido equilibrar la sobredosis de realidad con breves oasis de sosiego occidental. Bombay es más festiva, despreocupada, un punto cínica. Delhi parece más contenida y sobria, más metida en sí misma. No es un impresión a la ligera: mis anfitriones y la gente con la que he conversado en estos días me ha confirmado esa sensación inmediata que nos asalta al recorrer las dos horas de vuelo que las separa. Pero en ambos casos la identidad india es un vínculo demasiado fuerte como para no percibirlo. Bombay es una espléndida vista nocturna (ciudad con mar, claro) que invita a imaginar su tráfago como una fiesta perpetua, espejismo que se deshace durante el día, cuando el calor, el tráfico pespunteado de bocinazos, el tropel de gente que inunda plazas y calles, nos la devuelve menos coqueta y mucho más conservadora de lo que a simple vista parece. Y entonces asoma en el recuerdo la Delhi norteña y un punto envarada, un poco a su aire. Como en realidad parece ser toda la India y que se vuelve hacia Occidente con esa indiferencia ancestral de los países que son en realidad planetas.

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Jorge Eduardo Benavides   sábado, 27 de abril de 2002, El país digital

DENTRO DE TODAS las grandes novelas que aparecieron en Hispanoamérica en los fértiles años del llamado boom latinoamericano, hay una particularmente asombrosa que ha pasado casi de puntillas entre las otras grandes (Rayuela, Conversación en La Catedral, Cambio de piel, Cien años de soledad), tan discretamente entre éstas como su autor entre las luminarias (Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, García Márquez) que les dieron vida. Me refiero, claro está, a El obsceno pájaro de la noche, del chileno José Donoso, proustiano soberbio que supo entregarnos en aquel novelón una historia tan seductora como abismal.

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LOS ÚLTIMOS DÍAS DE THOR HEYERDAHL

Jorge Eduardo Benavides , 22 Abril 2002, El país digital

Con su muerte, Thor Heyerdahl cierra una saga legendaria de grandes exploradores que extendieron los horizontes de nuestro conocimiento. Sus últimos días transcurrieron en la rutina intensa de siempre: trabajando en su casa de Güímar, Tenerife.

Tenía un rostro cincelado por el salitre y la fatiga de los tantos mares que recorrió; unas manos grandes y hermosas, de anciano vigoroso; la mente lúcida del explorador que siempre fue, y un castellano de inflexiones transalpinas, recuerdo de esos casi veinticinco años que vivió en Italia, antes de instalarse definitivamente en Güímar, Tenerife. Thor Heyerdahl, el académico explorador que se lanzó a la aventura de recorrer el Pacífico sur para demostrar sus teorías, partiendo desde el puerto del Callao, acaba de fallecer. Fue precisamente a Italia a morir: él, que nunca se concedía más respiro que los bucólicos paseos dominicales por la isla con su mujer, Jacqueline Beer, decidió pasar la Semana Santa en su villa italiana de Colla Micheri, cerca de Lazio, a donde convocó a sus hijos. ‘Ya estaba cansado’, me confió Anne Nystrom, su secretaria personal, en una intempestiva llamada desde Oslo, estando yo en Lima. Las tenazas de un cáncer diagnosticado en agosto del año pasado -contra el que luchó con la misma fuerza y empeño que puso en su apuesta por la vida- lo habían acorralado definitivamente. ‘Nos hemos despedido con tanta normalidad’, me explicaba atribuladamente Anne en aquella llamada, ‘que nunca pensé en este desenlace.’ Ella aprovechó aquellas sorpresivas vacaciones para ir Oslo, donde recibió las primeras noticias del súbito empeoramiento de Heyerdahl. Inmediatamente pensé partir a Italia, pero Heyerdahl se empeñó en no ver a nadie. Porque no deseaba dejar en quienes quería la imagen devastada de su cuerpo cercado por las sombras de la muerte.

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